
La crisis actual del fútbol colombiano nos lleva a la regresión tenebrosa de aquellos años de bonanza. No importaba el costo de un jugador, de un entrenador, de un árbitro. El objetivo era ganar, y punto. Se recuerda a un dirigente colombiano con una maleta repleta de dólares, que luego desparramaba en su habitación de hotel en Buenos aires, mientras elegía refuerzos para su equipo.
También la muerte del árbitro Álvaro Ortega y tantos episodios más. Veinte, treinta años atrás, el doping financiero era común en Colombia. Una estrella relevaba otra estrella y los sueldos tocaban techos y límites incalculados y astronómicos.
Hoy las consecuencias se sienten y viven en los clubes en quiebra, porque ya no están aquellos mecenas, aquellos aportantes, que imponían mando y poder desde sus chequeras.
La tendencia a contratar, con altas erogaciones, se mantiene. Al dirigente iluso, le importa poco el saber cómo pagar y en muchos casos, la calidad del contratado. Razón tiene Iván Ramiro Córdoba, cuando afirma que el comienzo de los malos pasajes actuales tiene origen en la irresponsabilidad de los sueldos comprometidos, en pocos casos cumplidos. A su vez, asegura el actual presidente de Millonarios, José Roberto Arango, que el club que dirige afronta diariamente una catarata de demandas, con cifras escandalosas de futbolistas que no rindieron, pero que tampoco cobraron.
No queda duda, que con características similares, los clubes en bancarrota, salvo uno o dos, tuvieron intromisiones siniestras de dineros fáciles, que crearon económicas falsas, que desembocaron en la quiebra, cuando por distintas razones los auspiciantes desaparecieron.
El aterrizaje que se busca, en materia financiera, es urgente. No puede el dirigente dejarse maniatar por el periodista en su reclamo furibundo de estrellas para un equipo alicaído en su producción. Ni subordinarse a las estrafalarias exigencias de entrenadores, poco acordes a la realidad que se vive y los años que corren.
Menos someterse a los paros disfrazados en la cancha o a las huelgas fuera de ellas, programadas por vampiros que inducen a la quiebra. No, el dirigente con autoridad y conocimiento, debe pisar firme, para darle vida a las instituciones, así tenga que sortear, demandas, carteras insuficientes y cuentas ilíquidas. Esos son los dirigentes de verdad.
El derecho gremial, se respeta. Está asistido de las mejores intenciones aquel futbolista que pide respeto a sus derechos. Pero qué bueno, que en medio de sus revueltas tuviera presente sus obligaciones.
Como decía, el otro día, un periodista manizaleño. Tres quincenas les deben a los jugadores del once Caldas, pero cuantos meses deben ellos en su rendimiento.
Esteban Jaramillo Osorio
Nuevo Estadio
Bogotá