Tengo la más variada información en mis “USB”, pero a veces no se donde encontrarlas. Por eso prefiero mi memoria natural, no siempre fiable, para almacenar en ella los datos que marcaron mi vida en el periodismo y en el deporte. La cultive con salvia, romero, valeriana y manzana, como dicen los expertos y como me enseñó la abuela.
En ella están esas tardes, esos goles, esos ídolos, esas copas. Es una acuarela de acontecimientos, de la más variada clase, llena de hechos impactantes, agolpados, en receso, pidiendo esporádica salida, para, con anécdotas abordo, recrear las tertulias futboleras.
Yo, futbolero obsesivo, subordinado a la pelota y a los interpretes del juego. El fútbol, ese mundo extraordinario que estimula emociones compartidas, lleno de sueños, realidades y, ¿por qué no?, también de pesadillas. Fútbol de cantores del gol y de poetas, de llantos y de iras. De necios y bocones. Fútbol de alegrías desbordadas y de tragedias insospechadas.
Ahí, en mi memoria, están las copas libertadores del Once Caldas y Nacional. El ‘Pibe’, Rincón y el ‘Tino’; el ‘viejo Willy’, Arboleda, Higuita; otros tantos, otros muchos, que recrearon las jornadas con estadios llenos; la selección y esos viajes interminables por el mundo, causando respeto, por su estético comportamiento. Aquellas fantasías, aquellos sueños de grandeza que nos invadieron a todos, para luego, frustrados, dormir en la miseria.
Ahí, en la memoria, está el profesor Montoya, a quien le acortaron la distancia con la muerte, sin lograr disfrutar momentos sublimes por sus éxitos, pero en permanente enseñanza, desde su lecho de enfermo, lleno de vitalidad espiritual, dando lecciones de vida.
Está Andrés Escobar, a quien le robaron sus anhelos de estrella, le cortaron las alas, con mensaje lapidario que la fama es mentirosa y tantas veces el camino hacia el derrumbe.
Cuando murió Andrés, odié el fútbol… cuando veo a Montoya amo la vida. Cuando Andrés se marchó, quise irme del estadio… cuando estoy con Montoya, me recreo en ese mundo, en esas canchas reales o imaginarias, apasionado como siempre, dándole vida al máximo placer de mi existencia.
Ahí esta mi memoria, aliada de mi conciencia. A veces me miran de reojo, con reproches, cuando frecuento embusteros y manipuladores, que por ahí deambulan, entonando falsos cantos de sirena a los incautos del fútbol, que de ellos se abastecen.
Se que no puedo darle la espalda a los recuerdos y menos a los adelantos de la ciencia. Pero, aunque hago imprescindible ese pequeño adminículo que recauda datos, historias y leyendas, amo mi memoria, porque mantiene vivos los recuerdos de quienes me han dando felicidad en los estadios.
Destacado:
“Cuando murió Andrés, odié el fútbol… cuando veo a Montoya amo la vida. Cuando Andrés se marchó, quise irme del estadio… cuando estoy con Montoya, me recreo en ese mundo, en esas canchas reales o imaginarias…”
Esteban Jaramillo Osorio
Nuevo Estadio
Bogotá





Julio 6th, 2009 at 11:34
La tecnologia es fria, carente de sentimientos. Simplemente nos remite a datos estadísticos que obviamente respaldan la labor del cronista deportivo, lo documentan y le permiten estar mejor informado y respaldar sus comentarios en datos. Ni siquiera un buen video con la mejor definición de imagen y color iguala el sentimiento de un gol o una jugada que vimos directamente y que se quedó ahí, registrada en nuestra memoria, en nuestro cerebro. Nuestro cerebro no solo almacena datos sino sobre todo emociones, vibraciones de la pasión. Termino diciendo que ambas se complementan y es necesario cultivar y mejorar la humana mediante ejercicios y alimentación y la otra mediante la práctica y la consulta permanente